viernes, 26 de diciembre de 2025

Lo que el Tarot NO dice (II): el mito de las enfermedades

 


Salud, miedo y el límite que nunca debe cruzarse

Hay preguntas que no llegan al Tarot desde la curiosidad, sino desde el miedo.
Las relacionadas con la salud suelen ser así.

No aparecen porque alguien quiera comprender un proceso simbólico, sino porque algo inquieta, duele o descoloca. Y cuando el miedo entra en la lectura, el riesgo no está en las cartas, sino en cómo se interpretan.

Aquí es donde conviene detenerse y marcar un límite claro: el Tarot no describe enfermedades. Y no hacerlo no es una carencia del Tarot, sino una muestra de respeto hacia quien consulta.


© Laia Tarot 


El error no está en la pregunta, sino en cómo se responde

Preguntar por la salud no es, en sí mismo, un problema. Lo problemático es convertir símbolos en diagnósticos.

Cuando una lectura empieza a señalar patologías, accidentes inevitables o dolencias concretas, el Tarot deja de ser una herramienta de claridad y se transforma en un generador de ansiedad. No porque las cartas lo indiquen, sino porque se les ha forzado a decir algo que no les pertenece.

El lenguaje simbólico no es lenguaje clínico. Mezclarlos no profundiza la lectura; la distorsiona.


Cartas “difíciles” y lecturas peligrosas

Hay cartas que suelen activar este mito con especial facilidad: la Torre, la Muerte, el Diablo, el Diez de Espadas, la Luna.
No porque hablen de enfermedad, sino porque incomodan.

Cuando una persona ya está preocupada por su cuerpo, estas cartas se convierten en pantallas donde proyectar el peor escenario posible. Y si quien lee no sabe sostener ese estado emocional, puede acabar confirmando un miedo que ya estaba ahí.

Ahí no está hablando el Tarot. Está hablando la ansiedad.


De qué habla realmente el Tarot cuando aparece el cuerpo

El Tarot sí puede hablar del cuerpo, pero lo hace en términos de experiencia, no de patología.

Habla de cómo se vive el cansancio, la tensión, la sobrecarga o la desconexión. Habla de ritmos forzados, de límites ignorados, de estrés acumulado, de falta de descanso real. Habla de lo que el cuerpo está intentando decir cuando no se le escucha.

Eso no es diagnosticar.
Es señalar un desequilibrio vivido, no una enfermedad.

Confundir una cosa con la otra es uno de los errores más frecuentes —y más dañinos— en la práctica del Tarot.


Cuando una lectura deja peor de lo que estaba

Hay una señal muy clara de que una lectura ha cruzado un límite:
cuando la persona sale con más miedo del que traía.

En esos casos, la lectura no ha aportado claridad ni comprensión. Ha amplificado un estado previo. Y eso no es acompañar: es desregular.

Un Tarot bien trabajado no necesita asustar para ser profundo. Si una interpretación genera pánico, dependencia o obsesión, algo se ha hecho mal, aunque las cartas sean “impactantes”.


El lugar ético del tarotista

Aquí la responsabilidad no está en las cartas, sino en quien las interpreta.

Un tarotista responsable sabe cuándo una pregunta necesita ser reformulada, cuándo una lectura debe frenarse y cuándo es mejor derivar. No porque “no sepa leer”, sino porque sabe leer personas.

Decir “esto no puedo abordarlo desde aquí” no debilita el Tarot.
Lo protege.

El Tarot no está para reemplazar a la medicina, ni para anticipar desgracias, ni para convertir símbolos en sentencias corporales. Está para aportar comprensión, no alarma.


Lo que se protege cuando se ponen límites

Desmontar el mito de las enfermedades no es quitarle poder al Tarot. Es devolverle su lugar real.

Se protege a la persona que consulta, que no necesita más miedo.
Se protege al Tarot, que no fue creado para diagnosticar.
Y se protege al propio tarotista, que no cae en un rol que no le corresponde.

Leer con madurez implica saber qué puede decir una carta… y qué no debe decir nunca.


Cierre

El cuerpo merece respeto.
El miedo, contención.
Y el Tarot, cuando se usa con conciencia, sabe quedarse en su sitio.

Ese límite no empobrece la lectura.
La hace más humana, más honesta y más útil.



Nota

Este artículo se apoya en una comprensión simbólica y psicológica del Tarot, influida por autoras y autores como Rachel Pollack, Mary K. Greer y Yoav Ben-Dov, así como por la práctica clínica y ética del Tarot contemporáneo.

Todas estas corrientes coinciden en un punto esencial: el Tarot describe experiencias y procesos vividos, no patologías médicas ni diagnósticos de salud.

jueves, 4 de diciembre de 2025

La Ermitaña: la luz que vuelve

Un viaje al arquetipo del Ermitaño en clave femenina: guiar desde la experiencia y la madurez interior.


1. El Ermitaño tradicional: icono, luz, camino

Cuando observas la carta del Ermitaño en el Rider-Waite, lo que aparece es sencillo: una figura mayor, sola, avanzando despacio con una lámpara alzada. Y, sin embargo, esa imagen contiene una enseñanza esencial: la sabiduría no necesita ruido, ni velocidad, ni espectacularidad.

La lámpara no ilumina todo el camino, solo lo necesario para dar el siguiente paso. Por eso este arcano habla más de madurez interior que de revelaciones grandiosas.
La montaña no es castigo, es perspectiva. Y el bastón que sostiene no simboliza autoridad, sino experiencia: aquello que lo mantiene en pie.

En la tradición, el Ermitaño es el maestro silencioso que guía porque ya ha aprendido a caminar con conciencia. Su verdad no se impone; se transmite.



© Laia Tarot 



2. La versión femenina: la mujer que vuelve del desierto

Aunque en el Tarot tradicional el Ermitaño aparece como figura masculina, aquí quiero explorar una lectura más íntima y contemporánea: cómo se encarna este arcano cuando es una mujer quien atraviesa ese camino.

No es una interpretación presente en los manuales clásicos. Nace de la práctica, de la observación y de la experiencia vital que la acompaña. Hay un Ermitaño femenino que casi no se nombra, pero existe. Y aparece una y otra vez en procesos de madurez profunda.

La Ermitaña no es la mujer que se retira a meditar en paz. Es la que atravesó un desierto emocional o vital sin buscarlo, sin desearlo, sin saber siquiera si podría con él… y aun así regresó.

Su soledad no es romántica: es consecuencia de una vida que se quebró.
Su silencio no es huida: es la única forma honesta de escucharse.

De ahí nace su luz. No es una iluminación cómoda, sino una claridad ganada a pulso. Una lucidez que se construye en las noches en las que nada sostiene. Esa luz, nacida de lo vivido, es la que convierte a la mujer en guía sin pretensiones.

No enseña teoría. Enseña cicatriz.
Y esa cicatriz ilumina con una profundidad que la teoría jamás alcanza.


3. La lámpara como experiencia vivida, no como teoría

La lámpara del Ermitaño no llega como un regalo del cielo ni como un instante de “iluminación espiritual”. Surge del fondo: del cansancio de sostener lo que ya no era verdad, del valor de mirar lo que dolía, de la renuncia a seguir viviendo desde personajes o costumbres que se habían quedado pequeñas.

Por eso su luz es humilde. No brilla para deslumbrar ni promete destinos gloriosos. Es una claridad que acompaña sin invadir, que orienta sin dirigir.

Cuando el Ermitaño aparece en una vida, se reconoce porque su luz no hace ruido. Simplemente está, como si siempre hubiese estado ahí. Y los demás lo notan.



4. Mi travesía: la noche oscura, la ruptura, la reconstrucción

Mi camino hacia este arcano no comenzó como un despertar espiritual. Comenzó como una caída. Un momento en el que la vida se rompió en mis manos y no quedaba más remedio que mirar de frente lo que había evitado durante años.

El ruido ya no tapaba nada. Las respuestas se desmoronaban. Y la única compañía honesta era un silencio interior que, al principio, pesaba mucho.

Pero dentro de esa noche ocurrió algo que entonces no entendía: en el vacío apareció mi voz real. No una voz fuerte ni iluminada, sino una voz sencilla, que no buscaba convencer a nadie.

La reconstrucción no fue volver a lo de antes, sino entender quién era cuando dejaba de traicionarme. Con el tiempo, esa claridad se volvió lámpara. No es una luz grande, pero es verdadera.



5. El tránsito vital del arcano: no se nace Ermitaño, se llega

El Ermitaño no es un punto de partida, sino de llegada. Suele aparecer después de otras etapas que afinan.

Primero la escucha profunda de la Sacerdotisa.
Después la recomposición paciente de Templanza.
Luego la revelación del Sol, que quita los velos y muestra lo que es.
Y solo entonces el Ermitaño: esa lucidez tranquila de quien ya no corre, no compite, no actúa por miedo ni por costumbre.

Se llega a este arcano después de despojarse de versiones antiguas de una misma. No se trata de convertirse en sabia, sino de dejar de fingir. No de saber más, sino de vivir con más verdad.



6. La vocación ética: guiar sin manipular, mostrar sin imponer

La guía de la Ermitaña nace del respeto. No utiliza el Tarot para impresionar ni para abrir heridas innecesarias. Sabe nombrar la verdad sin violencia y sostener el silencio cuando hace falta.

Acompaña sin absorber. Orienta sin dirigir. Ilumina sin invadir.

No necesita tener razón ni mostrarse infalible. Acepta la duda como parte del camino y entiende que una lectura no es un acto de poder, sino de claridad compartida.

Mantiene la lámpara encendida para que el otro vea mejor, no para que la vea a ella.



7. Cómo identificar este arquetipo en uno mismo

La Ermitaña empieza a aparecer cuando la soledad deja de doler y se vuelve fértil.
Cuando la intuición deja de ser ruido y se convierte en brújula serena.
Cuando ya no se toleran las máscaras propias ni las ajenas.
Cuando hablar menos se siente natural porque cada palabra pesa más.

La empatía cambia de forma: ya no te deshace, te permite comprender.
Y la vida empieza a reorganizarse desde dentro, no desde lo que esperan los demás.

En ese momento, sin pretenderlo, la lámpara ya está encendida.



8. Cómo saber si te estás acercando al Ermitaño

Hay señales suaves. Se elige la verdad, aunque incomode, antes que una mentira que alivie. Aparece claridad en decisiones que antes costaban. Te retiras de dinámicas que drenaban tu energía sin necesidad de explicarte.

La intuición se vuelve más tranquila, más firme. Algunas relaciones cambian de lugar de forma natural. Y la soledad deja de ser amenaza: se convierte en espacio de orden.

No es un “despertar espiritual”. Es una madurez silenciosa que no busca reconocimiento.



9. Por qué este arcano es un destino para algunas lectoras, no un rol

El Ermitaño no es un personaje ni un estilo. No se adopta ni se imita. Es la consecuencia de un camino interior profundo.

Aparece cuando una mujer ha atravesado lo que tenía que atravesar y ha encontrado un centro que no se negocia. No es algo que se aprende. Es algo que ocurre.

Y cuando ocurre, transforma la manera de mirar, de hablar y de acompañar.

Es una llegada, no una actitud.
Una coherencia, no un papel.



10. La Ermitaña como figura actual: no asceta, sino faro contemporáneo

Hoy, la verdadera Ermitaña no vive aislada: vive despierta. No necesita rituales grandiosos ni palabras solemnes. Su espiritualidad es práctica, terrenal, hecha de presencia y coherencia.

No guía multitudes. Acompaña a quien se cruza en su camino con una claridad tranquila. No pretende salvar: ofrece luz suficiente para que cada persona encuentre su propio paso.

Su faro no gira rápido.
Su luz no grita.
Pero se nota.



11. Cierre: mi lámpara hoy

A veces pienso que no elegí este camino. Que simplemente un día me quedé sin mapas y tuve que caminar con lo que tenía: una intuición persistente y una verdad pequeña que ya no quería callarse.

La lámpara que sostengo hoy no nació de certezas, sino de noches largas y decisiones difíciles. No ilumina grandes destinos. Ilumina el paso siguiente. El que toca ahora.

Comparto esta luz porque sé cómo se siente avanzar a oscuras. Y porque sé que, a veces, basta una claridad mínima para seguir andando.

Eso es lo que puedo ofrecer: un poco de honestidad, un poco de calma, un poco de camino.

Mi lámpara no es grandiosa.
Pero es mía.
Y si en algún momento te acompaña, aunque sea un instante, habrá valido la pena llevarla.

martes, 25 de noviembre de 2025

Lecturas de Sí/No: claridad para un tema que genera demasiada confusión

 

Las lecturas de sí/no son una de las herramientas más solicitadas del Tarot… y, paradójicamente, una de las más malentendidas. Se les pide precisión absoluta, rapidez, veredictos claros. Se espera que funcionen como un interruptor: encendido o apagado, verde o rojo, avance o final.

Pero el Tarot no trabaja así. Y entender esto cambia por completo la manera de interpretar estas tiradas.

Cuando comprendemos qué ofrece realmente una lectura de sí/no, dejamos de verlas como pobres o limitadas. No lo son. Simplemente sirven para otra cosa. No confirman destinos: iluminan tendencias. No sentencian: orientan. No sustituyen una lectura profunda: la complementan cuando lo que necesitas es una respuesta concreta dentro de un contexto que ya conoces.


© Laia Tarot 


Qué es, de verdad, una lectura de sí/no

Una lectura de sí/no no evalúa un “resultado final”. Lo que muestra es la dirección energética del asunto en el momento presente: si tiende a abrirse o a cerrarse, si hay impulso o bloqueo, si la situación tiene terreno fértil o si está detenida.

Las cartas no deciden por la persona. Reflejan cómo se están moviendo las fuerzas implicadas —emocionales, prácticas, relacionales— y qué escenario es más probable según todo lo que existe ahora.

Cuando esto se entiende, desaparece la ansiedad del “quiero que salga sí” y aparece una comprensión más madura: el Tarot muestra un clima, no una sentencia.


Por qué generan tanto malentendido

Muchas personas se acercan a esta pregunta desde el miedo o desde el deseo. Y cuando la motivación profunda es emocional, la lectura deja de ser un ejercicio de claridad para convertirse en una búsqueda de alivio inmediato.

Ahí nacen los autoengaños: repetir la pregunta, reinterpretar cartas, forzar significados para que encajen con lo que se quiere oír.

El problema no es la técnica. Es la expectativa irreal. El Tarot no anula la libertad humana ni convierte la vida en una pantalla de resultados. Lo que hace es mostrar cómo están alineados los hilos ahora mismo.


Cómo interpretar un sí/no sin caer en el ruido mental

La clave no es buscar un “sí escondido” ni un “no rotundo”, sino leer la carta desde su estructura interna:

— su movimiento (avanza / se detiene),
— su cualidad (abre / cierra),
— su tono emocional (confía / teme),
— y su naturaleza (da / retira).

Desde ahí, un As de Oros y un Cuatro de Copas no responden igual, aunque ninguno diga literalmente “sí” o “no”.
Uno habla de oportunidad y disponibilidad. El otro señala estancamiento o falta de disposición interna.

Cuando la carta se comprende desde dentro, la respuesta aparece de forma natural, sin forzar nada.


Cuándo sí funcionan y cuándo no aportan nada

Funcionan bien cuando:

  • la situación ya está definida y solo quieres medir su tendencia,

  • preguntas por acciones concretas (“¿se va a comunicar?”),

  • necesitas claridad rápida para no dispersarte,

  • no estás emocionalmente revuelta y puedes aceptar la respuesta que salga.

No funcionan cuando:

  • la pregunta es existencial (“¿seremos felices dentro de cinco años?”),

  • buscas certeza donde no puede haberla,

  • estás emocionalmente vulnerable,

  • quieres que el Tarot tome decisiones por ti.

En esos casos, una lectura narrativa es mucho más honesta y mucho más útil.


El verdadero sentido del sí/no

Una lectura de sí/no es una brújula muy precisa dentro de su campo de acción. No sustituye la profundidad del Tarot, pero la resume cuando hace falta. No predice lo inevitable: muestra la tendencia viva del presente y te permite actuar desde ahí.

Usada con madurez, es una herramienta limpia, clara y sorprendentemente reveladora. El problema nunca ha sido el sí/no, sino las expectativas que se le cargan encima.

Cuando esto se entiende, las lecturas dejan de ser un juego de probabilidades y se convierten en lo que realmente son: una forma directa de escuchar hacia dónde se mueve la situación ahora mismo, sin adornos y sin ruido innecesario.

Manual del Tarotista Neurótico: entre barajas, mitos y piernas cruzadas

 Manual del Tarotista Neurótico: entre barajas, mitos y piernas cruzadas


Hay algo divertido de verdad en observar cómo ciertos mitos sobreviven en el mundo del Tarot como si fueran plantas invasoras: por más que las arranques, vuelven a brotar.

A veces me imagino a las pobres barajas mirándonos con paciencia infinita mientras discutimos si se puede leer con las piernas cruzadas o la podemos liar.  Así que vamos a poner orden, humor y un poco de profesionalidad en este jardín de supersticiones. 

La realidad es muchísimo más sencilla (y bastante menos dramática).


Lectura donde quieras, como quieras

El lugar sagrado para leer: donde te dé la gana.

Siéntate donde quieras, como quieras. Puedes leer en la mesa, en tu cama, en el sofá, en el suelo, en un parque, en plena naturaleza, en el pasillo de un aeropuerto o con un gato vigilando el As de Copas desde una esquina. La intuición no entiende de mobiliario. Y si el lugar que eliges es perfecto para ti y tu energía, es perfecto para el Tarot.

La energía no es delicada, no se bloquea porque cruces las piernas o toques cojines. Y si alguien toca tu baraja, tampoco se abre ningún portal oscuro (lo he comprobado muchas veces. Sigue todo en su sitio).

La intuición, por desgracia para los amantes de la liturgia, no se despierta con posturas de yoga ni con incienso con aroma a "Iluminación mística”.

Lo único realmente necesario es esto: presencia.
La intuición se activa con atención, honestidad y un poquito de silencio interno.

Ya está. Casi decepcionante de lo simple que es.


© Laia Tarot 


Los Greatest Hits del purismo tarotista

(para disfrute y estudio antropológico)


“Baraja sólo con la mano izquierda.”

Claro, porque la derecha está poseída por el espíritu del materialismo. Lógico. 


“No leas si estás menstruando.” 

La intuición, según algunos, es muy sensible, se asusta ante procesos biológicos normales y se va de vacaciones una vez al mes.


“Guarda la baraja envuelta en seda bajo la almohada.”

Funciona igual guardándola en una caja, en un cajón o encima de un libro de recetas. La seda no es una antena parabólica.


“Nunca leas en luna menguante.”

La luna influye en las mareas, no en la capacidad de ver con claridad. Si necesitas una lectura, la luna no es tu jefa. 


“Si se cae una carta, es un mensaje del más allá.”

O del más acá. A veces es simplemente la gravedad haciendo su trabajo. El Más Allá tiene cosas más interesantes que empujar cartas, pero admito que queda más poético echarle la culpa al universo.


“No prestes tu baraja o perderá tu energía.”

Tranquilidad: las cartas no son una esponja emocional. Si la compartes con alguien que la respeta, no pasa nada. Tu conexión sigue siendo tuya.


“Nunca leas después de las 22:00.”

Por lo visto la intuición, como los funcionarios, tiene horario. Después de las diez se pone en pijama y ya no atiende.


“Las cartas se confunden si preguntas lo mismo dos veces.”

No, la que te confundes eres tú por desgaste mental. Las cartas están bien, gracias por preguntar.


“Hay que mezclar siete veces exactas para ‘purgar’ la energía.”

Si te apetece hacerlo siete veces, adelante. Si son tres o doce, nadie enviará una queja formal. Y si son ocho, tampoco pasa nada. El Tarot no tiene TOC, lo prometo.


“Hay que abrir círculos, proteger portales y sellar energías cada vez.”

Si eso te da foco, perfecto. Pero el Tarot no es una sesión de espiritismo. Y tampoco es obligatorio montar un ritual druida para preguntar cómo va esa relación amorosa.


Entonces… qué sí importa?

La sinceridad. La claridad. La capacidad de escuchar la historia que aparece.
Tu propio centro. Estar ahí, de verdad.

El resto son accesorios muy bonitos para Instagram.

El Tarot no necesita coreografías o ceremonias complicadas, necesita tu atención.
Y, si me preguntas a mí, un buen sentido del humor para sobrevivir a tanto mito vintage. 😉

La vida ya tiene suficientes cosas serias como para añadirle más.


Con cariño, 

Laia Duran


jueves, 20 de noviembre de 2025

Leer desde el centro: mi forma de entender el Tarot

 

La madurez en el Tarot no llega con los años ni con la técnica. Llega con un gesto interno: el momento en que dejas de leer para acertar y empiezas a leer para iluminar.

Leer desde el centro es permitir que la intuición hable sin que el ego la empuje. Es dejar que la verdad aparezca clara, sin disfrazarla de fatalismo y sin endulzarla para que no duela. Es sostener una carta difícil con la misma serenidad que una luminosa, sin exagerar ni minimizar, sin huir ni dramatizar.

Leer desde el centro es acompañar sin invadir, ver sin imponer, comprender sin poseer.


La tarotista que lee desde el centro no busca demostrar nada ni necesita impresionar. No lee para validarse ni para tener razón. Sabe que el Tarot no es un escenario, sino un espacio de encuentro.

No teme la duda; la usa como brújula.
No teme equivocarse, porque sabe volver.
No teme la sombra, porque sabe nombrarla.
No teme la luz, porque sabe contenerla.

Esa serenidad no nace de la perfección, sino de la honestidad con una misma.


© Laia Tarot 


Leer desde el centro es entender que el Tarot no dicta destinos, sino que abre puertas. No ata, sino que revela. No predice, sino que acompaña. Desde ese lugar, la lectura deja de ser un discurso cerrado y se convierte en un diálogo vivo: entre símbolo y conciencia, entre presente y potencial, entre tú y la persona a la que acompañas.

Cuando el Tarot se lee así, no invade el futuro ni secuestra decisiones. Devuelve claridad al ahora, que es donde realmente ocurre la vida.


Este es el compromiso de mi trabajo: un Tarot sin máscaras, sin ruido y sin miedo. Un Tarot que no pretende controlar el futuro, sino iluminar el presente. Un Tarot que respeta, que sostiene y que no necesita prometer nada para ser profundo.

Leer desde el centro es mi forma de honrar las cartas.
Y también mi forma de honrarte a ti.



Cuando el Tarot habla… y cuando hablamos nosotros: cómo evitar proyectar en una lectura

 

A veces creemos que estamos leyendo las cartas, cuando en realidad estamos leyendo nuestros propios miedos, deseos o suposiciones. Nos pasa a todas. También a quienes llevamos tiempo con el Tarot. La mente es rápida, ansiosa, impulsiva: mezcla intuición con emociones, expectativas con recuerdos, certezas con deseos.

Cuando eso ocurre, el Tarot deja de ser un espejo sincero y se convierte en uno deformado, empañado. No es porque las cartas fallen, sino porque la mirada no está limpia.

La mayoría de las distorsiones nacen del mismo lugar: querer una respuesta concreta, temer que salga otra, estar demasiado implicada en el tema, tener un día de ansiedad o simplemente una mente que no se calla. No es un fallo. Es humanidad pura. El problema aparece cuando no lo reconocemos y la lectura se contamina sin que nos demos cuenta.


© Laia Tarot 


¿Cómo saber que estás proyectando? Hay señales muy claras. 


Hay señales bastante claras, y reconocerlas a tiempo marca la diferencia entre una lectura honesta y una lectura contaminada.

La primera es la interpretación dramática sin base: ver una carta y que la mente salga disparada hacia el peor escenario posible, sin sostén real en el conjunto de la tirada.

La segunda es leer lo que quieres leer, forzando las cartas para que encajen con tu deseo. No interpretas: ajustas.

La tercera es cambiar el significado porque incomoda. La carta habla claro, pero tú intentas suavizarla, matizarla en exceso o reformularla para que diga otra cosa. Cuando te descubres negociando con las cartas, conviene parar. En ese punto no estás leyendo: estás intentando convencerte.


Volver al centro: cuatro preguntas que limpian la lectura

Cuando notes que algo se está torciendo, vuelve al centro con un gesto sencillo que funciona casi como un pequeño ritual de limpieza. Cuatro preguntas bastan para deshacer el ruido:

¿Qué siento ahora mismo?
¿Qué deseo que salga?
¿Qué temo?
¿Estoy intentando confirmar algo o comprenderlo?

Responderlas con honestidad aclara el aire de inmediato. Las cartas se vuelven más nítidas cuando tú también lo estás.


Intuición no es emoción

Aquí hay una confusión muy habitual, incluso en lectoras experimentadas. La intuición es tranquila, breve, silenciosa. Es un “clic” suave, casi corporal. No grita, no se acelera, no dramatiza.

La emoción, en cambio, es un torbellino: subidas y bajadas, urgencia, intensidad, necesidad de cerrar ya una respuesta. Si la interpretación viene cargada de nervio, prisa o dramatización, no estás escuchando al Tarot; estás escuchando tu sistema nervioso.

Tomar conciencia de esto, sin juicio, ya limpia media lectura.


La parte ética del Tarotista

Hay una responsabilidad clara que sí nos corresponde: decir lo que vemos con claridad, sostener la lectura sin proyectar nuestra historia personal, cuidar las palabras cuando la situación es delicada, usar el Tarot como guía y no como arma, respetar el ritmo y la vulnerabilidad de quien consulta.

Nuestra presencia importa tanto como las cartas. A veces más.

Y también hay algo importante que no es responsabilidad nuestra: arreglar la vida de nadie, decidir por ellos, adivinar futuros grabados en piedra, alimentar fantasías o miedos, convertirnos en una especie de gurú que todo lo sabe. La lectura no es dirigir. Es acompañar.

Leer sin proyección es un acto de respeto: hacia ti misma, hacia la persona que tienes delante y hacia el Tarot. Cuanto más limpia está tu mirada, más nítido aparece el mensaje.

Y en un mundo lleno de ruido, prisa y lecturas impulsivas, esa claridad —la tuya— es una de las herramientas más poderosas que tienes.

lunes, 17 de noviembre de 2025

Lo que el Tarot NO dice (I): el mito de la orientación sexual


Mitos dañinos que debemos dejar atrás


En el mundo del Tarot circulan ideas que, aunque se presentan como antiguas o “tradicionales”, no tienen ningún fundamento simbólico ni histórico. Algunas no solo son incorrectas: son directamente dañinas. Y lo preocupante es que muchas siguen repitiéndose sin cuestionarse, como si el paso del tiempo las validara por sí mismo.

Una de las más extendidas es la creencia de que ciertas cartas indican la orientación sexual de una persona. A veces se menciona el Mundo invertido, otras la Luna, otras el Diablo. Cambian las cartas, pero el error es siempre el mismo. Todas esas asociaciones tienen algo en común: son falsas. Y conviene decirlo con claridad, sin rodeos ni ambigüedades.


El Tarot no revela orientación sexual

En consulta real, esta pregunta suele aparecer más desde el miedo o la confusión que desde la curiosidad honesta. Y ahí es donde conviene ser especialmente cuidadosos.

Ninguna carta —ni en posición normal, ni invertida, ni combinada— señala si una persona es homosexual, heterosexual, bisexual, pansexual, etc. El Tarot trabaja con arquetipos, procesos internos, dinámicas relacionales y emociones; no con categorías identitarias modernas.

Lo que una lectura puede mostrar es cómo alguien ama, cómo se vincula, cómo desea, cómo duda, cómo se protege o cómo se transforma. Puede hablar de apertura, de conflicto interno, de deseo reprimido, de miedo a mostrarse o de necesidad de validación. Pero jamás define una orientación sexual. Ese terreno pertenece a la intimidad y a la libertad de cada persona, no a la interpretación de una carta.


© Laia Tarot 


¿De dónde surge entonces este mito? 

La mayoría de las veces nace de prejuicios personales disfrazados de simbolismo. Cuando alguien asocia lo “diferente” con lo “incorrecto”, tiende a proyectarlo sobre cartas consideradas “difíciles”. He visto lecturas torcerse exactamente ahí: no por lo que dicen las cartas, sino por lo que el lector no sabe sostener.

También proviene de interpretaciones heredadas sin revisión. Ideas repetidas durante décadas —sin estudio, sin reflexión y sin ética— acaban formando una especie de folklore tarótico que parece “sabiduría antigua”… pero no lo es. Es solo costumbre mal entendida, transmitida sin conciencia crítica.


Lo que el Tarot sí puede mostrar sobre la sexualidad... 

…es algo mucho más real y humano.

Puede hablar del deseo, como ocurre con Bastos, el Diablo, la Fuerza o el Carro. Puede mostrar conexión emocional y apertura afectiva, como en el As de Copas, el Dos de Copas o la Estrella. Puede reflejar confusión interna, dudas o ambivalencia, visibles en la Luna, el Dos de Espadas o el Siete de Copas. Y también puede acompañar procesos de aceptación personal y reconciliación interna, que aparecen en cartas como el Sol, la Templanza o el Juicio.

Todo esto describe experiencias humanas, no orientaciones sexuales.


Desmontar estas ideas es importante 

Porque cada vez que se afirma que “esta carta indica homosexualidad” se produce un triple daño: se reduce a la persona a un estereotipo, se utiliza el Tarot para legitimar prejuicios y se confunde a quienes están aprendiendo.

El Tarot merece un trato digno.
Las personas también.


Cómo interpretar sin caer en clichés

Interpretar con rigor implica recordar algo básico: las figuras no representan género literal. Rey no es “un hombre”. Reina no es “una mujer”. Representan funciones internas: dirección, sensibilidad, acción, introspección, contención, impulso.

La clave está siempre en la dinámica, no en la identidad: quién avanza, quién siente, quién se protege, quién evita, quién se transforma. Ahí está la lectura real.

Y cuando alguien pregunta “¿es hombre o mujer?”, existe una respuesta sana y profesional:
El Tarot describe energías, no géneros. Lo que puedo decirte es que esta persona se muestra así…

Cuando una persona se siente vista en su proceso y no etiquetada, la lectura funciona. Respeto y claridad siempre van juntas.


Hacia un Tarot más consciente

El Tarot no se creó para señalar identidades, sino para comprender procesos, deseos y caminos personales. Cuando lo liberamos de estereotipos y supersticiones, recupera su belleza original: la capacidad de acompañar sin invadir, de iluminar sin imponer, de escuchar sin juzgar.

Para mí, ese es el Tarot que merece la pena. Ojalá este espacio ayude tanto a quienes leen como a quienes reciben lecturas a confiar en un enfoque más humano, más real y más respetuoso.



Fuentes e inspiración

Este artículo se apoya en la visión simbólica, psicológica y arquetípica del Tarot desarrollada por autoras y autores como Rachel Pollack, Mary K. Greer, Yoav Ben-Dov, Benebell Wen, así como en la tradición junguiana aplicada a la lectura de los Arcanos. Todas estas corrientes coinciden en un principio esencial: el Tarot describe procesos internos, no identidades fijas como la orientación sexual.