jueves, 20 de noviembre de 2025

Cuando el Tarot habla… y cuando hablamos nosotros: cómo evitar proyectar en una lectura

 

A veces creemos que estamos leyendo las cartas, cuando en realidad estamos leyendo nuestros propios miedos, deseos o suposiciones. Nos pasa a todas. También a quienes llevamos tiempo con el Tarot. La mente es rápida, ansiosa, impulsiva: mezcla intuición con emociones, expectativas con recuerdos, certezas con deseos.

Cuando eso ocurre, el Tarot deja de ser un espejo sincero y se convierte en uno deformado, empañado. No es porque las cartas fallen, sino porque la mirada no está limpia.

La mayoría de las distorsiones nacen del mismo lugar: querer una respuesta concreta, temer que salga otra, estar demasiado implicada en el tema, tener un día de ansiedad o simplemente una mente que no se calla. No es un fallo. Es humanidad pura. El problema aparece cuando no lo reconocemos y la lectura se contamina sin que nos demos cuenta.


© Laia Tarot 


¿Cómo saber que estás proyectando? Hay señales muy claras. 


Hay señales bastante claras, y reconocerlas a tiempo marca la diferencia entre una lectura honesta y una lectura contaminada.

La primera es la interpretación dramática sin base: ver una carta y que la mente salga disparada hacia el peor escenario posible, sin sostén real en el conjunto de la tirada.

La segunda es leer lo que quieres leer, forzando las cartas para que encajen con tu deseo. No interpretas: ajustas.

La tercera es cambiar el significado porque incomoda. La carta habla claro, pero tú intentas suavizarla, matizarla en exceso o reformularla para que diga otra cosa. Cuando te descubres negociando con las cartas, conviene parar. En ese punto no estás leyendo: estás intentando convencerte.


Volver al centro: cuatro preguntas que limpian la lectura

Cuando notes que algo se está torciendo, vuelve al centro con un gesto sencillo que funciona casi como un pequeño ritual de limpieza. Cuatro preguntas bastan para deshacer el ruido:

¿Qué siento ahora mismo?
¿Qué deseo que salga?
¿Qué temo?
¿Estoy intentando confirmar algo o comprenderlo?

Responderlas con honestidad aclara el aire de inmediato. Las cartas se vuelven más nítidas cuando tú también lo estás.


Intuición no es emoción

Aquí hay una confusión muy habitual, incluso en lectoras experimentadas. La intuición es tranquila, breve, silenciosa. Es un “clic” suave, casi corporal. No grita, no se acelera, no dramatiza.

La emoción, en cambio, es un torbellino: subidas y bajadas, urgencia, intensidad, necesidad de cerrar ya una respuesta. Si la interpretación viene cargada de nervio, prisa o dramatización, no estás escuchando al Tarot; estás escuchando tu sistema nervioso.

Tomar conciencia de esto, sin juicio, ya limpia media lectura.


La parte ética del Tarotista

Hay una responsabilidad clara que sí nos corresponde: decir lo que vemos con claridad, sostener la lectura sin proyectar nuestra historia personal, cuidar las palabras cuando la situación es delicada, usar el Tarot como guía y no como arma, respetar el ritmo y la vulnerabilidad de quien consulta.

Nuestra presencia importa tanto como las cartas. A veces más.

Y también hay algo importante que no es responsabilidad nuestra: arreglar la vida de nadie, decidir por ellos, adivinar futuros grabados en piedra, alimentar fantasías o miedos, convertirnos en una especie de gurú que todo lo sabe. La lectura no es dirigir. Es acompañar.

Leer sin proyección es un acto de respeto: hacia ti misma, hacia la persona que tienes delante y hacia el Tarot. Cuanto más limpia está tu mirada, más nítido aparece el mensaje.

Y en un mundo lleno de ruido, prisa y lecturas impulsivas, esa claridad —la tuya— es una de las herramientas más poderosas que tienes.

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